domingo, 18 de julio de 2010

Crónica del show del 17 de julio en el BeGood






Madre mía, madre mía. Jueves por la tarde. El anónimo toledano se despierta de su siesta por culpa de una llamada. Su bisabuela coreana se ha encaramado a un árbol en Benicassim y nuestro héroe debe, por fuerza, acudir al rescate, algo indudablemente necesario para el bienestar de la civilización occidental. Jean Martin recibe la noticia con pesadumbre, al igual que Lola Farigola, pero ambos entienden que la familia es lo más importante.





Antes del viaje el anónimo toledano preparó una pista con las poesías y el sonido de Loopoesia. Jean Martin la arregló para poder actuar como dios manda y el sábado, a eso de las siete y media de la tarde, hizo acto de presencia en el BeGood para las pruebas, encontrándose con un lugar extraño, más que nada porque no se esperaba un escenario tan especial, con una escalera y poco espacio para moverse, lo que arregló usando parte del espacio destinado al público. Colocó sus enseres loopoéticos, jugó con los platos de una batería e hizo amistad con Enric, un técnico cojonudo que ayer se preocupó para que la actuación fuera sobre ruedas y no se notara la ausencia del Anónimo.




Llegamos muy pronto al local, había tiempo y pensamos en mil cosas. Cada vez nos gusta más el público virgen de Loopoesia, es un reto, y en este caso aun lo era más porque el BeGood es un templo rockero, por lo que nadie, absolutamente nadie, podía intuir lo que representaríamos en medio de una locura absoluta en un día glorioso para nuestro grupo.


El show





Teníamos que empezar a las nueve y media, pero como siempre iniciamos la performance con retraso. A las diez menos cuarto entonamos la oración loopoética, que costó introducir en los, en principio, tímidos espectadores, que con la incitación a recitar buenaventura fueron animándose. Por supuesto desconocían que en el camerino habíamos instalado un micro, donde una voz femenina, la de Lola Farigola, iba propagando máximas loopoéticas al ritmo de los pasos de Jean Martin, entregado desde el segundo cero, saltando como un poseído en la intro y más en forma que nunca porque debía subir y bajar escaleras para imprecar la presencia de Carmen, bailar oralmente con Isabel la Católica, con la que ya comemos, e improvisar sus versos después de los ya famosos toques de piano, sí, ellos lo saben todo. El enmascarado del traje psicodélico y camisa rosa comentó su relación con travestis cubanos, opinó sobre el campeonato subacuático conquistado por España y se deleitó con pensamientos surgidos así, mientras fornicaba con el Pony, volaba entre el público, hacía abdominales y se olvidaba del aire acondicionado por amor al Negro de Banyoles, Enriqueta Martí, Pericles de Los Palotes, George Harrison, Paul McCartney y Usun Yoon. Incluso pudo, eso dicen los asistentes, disparar sus pistolas de agua, empapando al respetable, sorprendido porque Jean Martin tiene brotes shakesperianos y una calavera con la que toma conciencia que eso de ser o no ser es una patraña, la clave es que Loopoesia es amor.



El primer tramo nos estaba dejando exhaustos, y en parte era así por el factor psicológico. Las risas flotaban, se oía un murmullo, pero aún éramos incapaces de saber si en realidad estábamos gustando. Saltó Lola Farigola al ruedo y Jean Martin se fue al camerino. El interludio funcionó como la seda. Nuestra querida bailarina hipnotizó danzando la composición al revés mientras poemas, gritos, desgarros, desquicios y anacolutos alcanzaban el graderío con delay, que dio una inédita consistencia a los mensajes subliminales de Jean, escondido pero siempre presente, lema válido para entender nuestra actuación de ayer, donde todos estuvimos siempre dando la cara pese a permanecer ocultos, siempre en escena entre voces e infinitos brincos. La sincronización Du Bruit-Farigola era más complicada que en anteriores entregas de nuestro show, entre otras cosas por la escalera, pero los chicos salieron ilesos de la situación, como si les hubieran conferido más energia, demostrada en el postrer tercio. El interludio cedió su lugar y apareció un coro hindú, preludio a la exhibición de trompeta con Barbie Girl y ya, en vena, el clamor con hey hey hey de Rasputín, potencia incrementada con una sardana cósmica bien ejecutada, un choque contra un altavoz con el que Jean discutió muy enfadado, el secuestro de un espectador, el himno de la República antes del poema crítico con la situación actual del país y como colofón, ya lo sabéis, la decapitación de la muñeca fascista, apoteosis con a Day in the life que es un penúltimo aviso antes de culminar con tu humedad que es mi calor, fragmento en que siempre estimulamos con simulacros de orgasmo, y el baile derviche, excusa para clausurar con épica y hacer una reverencia, ayer más merecida que nunca porque sólo podemos dar las gracias a un público maravilloso, un local único y a los grandiosos Free Fall Man, estelares en su concierto.


Loopoesia es amor

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